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Italia no era el destino, era la mirada

Por casualidad abrí el libro, como quien abre una ventana sin saber qué hay del otro lado. Por casualidad lo leí en una sentada, sin pausas, como si el tiempo se hubiera vuelto una materia dócil. Por casualidad —o no tanto— me encantó.



Hay muchas formas de viajar, pero la lectura tiene algo de clandestino: uno se mueve sin moverse, atraviesa paisajes que no existen más que en la imaginación y, aun así, regresan con una nitidez incómoda. Italia, en este caso, no es un destino sino una forma de mirar. No hay postales ni promesas de verano perfecto; hay, en cambio, una familia que se muda durante tres meses, cargando niños, rutinas y una incomodidad que no termina de irse nunca.

En el libro de Rachel Cusk no pasa gran cosa. Y sin embargo pasa todo. Lo cotidiano —comer pan blanco áspero, repetir el mismo queso de oveja, observar a los hijos pelear— se vuelve otra cosa, como si cada escena estuviera ligeramente desplazada de sí misma. Comer siempre lo mismo, dice sin decirlo, no empobrece la experiencia: la concentra. Lo diverso empieza a parecer excesivo, incluso grotesco. Italia no es la abundancia sino la insistencia.

También está el arte, pero no como catálogo turístico. Las vírgenes de Rafael no consuelan; miran con un cansancio antiguo. El niño Jesús parece saber algo que nadie más quiere saber. Las pinturas no están ahí para ser admiradas, sino para incomodar, como si obligaran a quien las mira a buscar una verdad que queda fuera de la escena, fuera incluso de lo humano.

Y luego están las personas. Los encuentros que no terminan de explicarse: un hombre que hospeda a la familia en un castillo vacío, mujeres que aparecen entre maniquíes con ojos demasiado vivos, un escocés —Jim— que orbita la historia como una presencia difícil de nombrar. Nada de esto se resuelve. Todo queda suspendido, como si el viaje no fuera hacia Italia sino hacia una zona más ambigua, menos domesticada.

Cusk escribe como si cada cosa fuera otra cosa. Como si una galería pudiera ser el cielo, o un partido de tenis una ceremonia de sacrificio. Esa insistencia en el “como si” transforma lo ordinario en algo ligeramente inquietante. No hay escapismo aquí, ni la ilusión cómoda de Bajo el sol de la Toscana. Hay, en cambio, una especie de realismo deformado que obliga a mirar dos veces.

Quizá por eso el libro se queda. Porque no ofrece respuestas ni redenciones. Porque incluso la propia narradora se observa sin indulgencia: la maternidad, el cansancio, la rabia que aparece sin aviso. “Estoy avergonzada”, dice en algún momento, como si ese reconocimiento fuera lo único honesto que queda.

Al final, uno entiende que no podría viajar a esa Italia. No existe fuera de la escritura. Es un lugar hecho de metáforas, de repeticiones, de silencios incómodos. Pero justamente ahí está su fuerza: en recordarnos que a veces el viaje más intenso no es el que cambia el paisaje, sino el que altera la forma en que lo miramos.






Ficha técnica del libro

Título: The Last Supper: A Summer in Italy (La última cena: un verano en Italia)

Autora: Rachel Cusk

Género: No ficción / Crónica de viaje / Memorias

Año de publicación: 2009

Editorial: Faber & Faber (Reino Unido)

Idioma original: Inglés

Ambientación: Italia (principalmente la región de Toscana)

Temas: Vida cotidiana, maternidad, desplazamiento, arte, identidad, experiencia del extranjero

Estructura: Relato ensayístico en primera persona, dividido en episodios del verano familiar 

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