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Azul sobre azul

 


Es un viernes a mediodía, once de la mañana. Un viernes silencioso, lento, en pausa. Viernes de cuarentena. Llueve, y en un escenario que aparece azul sobre azul en mi pantalla veo una figura en blanco, solitaria. Casi solitaria. Es El Vaticano: por primera vez en la historia de la Iglesia católica, el Papa reza solo, o casi, pues algunas figuras se dejan ver entre las sombras.



En algún momento de la ceremonia, el Papa se detiene frente al icono bizantino de la Virgen Salus populi romani; como muchas de las reliquias religiosas, el retablo viene con su leyenda. Se dice que fue pintada por san Lucas en un trozo de madera de la mesa que se utilizó en la última cena de Jesús con sus apóstoles. Considerado como milagroso en 593, el papa san Gregorio Magno lleva el santo icono por las calles de Roma para implorar el fin de la peste negra. Parece que funcionó.

Después, el papa Francisco i oró frente a un crucifijo de madera, reliquia que también cuenta con su leyenda: esta talla de madera de la Edad Media quedó intacta después de un incendio en 1519. Tres años más tarde recorrió los barrios de Roma. Se cree que salvó a la ciudad de la gran peste de 1522. Ambos objetos son la representación de la esperanza, la huella de la historia que sobrevive.

Hoy, cuando la atención del mundo se centra en la enfermedad y en la salud, cuando nos hemos dado cuenta de que no somos tan omnipotentes como creíamos, cuando el conocimiento de siglos nos remite al pasado, podemos ver que los métodos utilizados, incluida la cuarentena, provienen del pasado. La creación, al igual que gran parte del arte más grande que se produjo en Europa durante siglos, sigue siendo consuelo y repositorio del presente.



Jacopo Robusti, mejor conocido como Tintoretto por ser hijo de un tintorero, de donde le vino el nombre, nos transporta a Venecia. El artista pintó algunas de sus obras más famosas en la Scuola Grande di San Rocco, dedicada al santo patrono de las víctimas de la plaga. Su trabajo ahí comenzó en 1564 y duró veinte años. Van Dyck dedicó varias obras al milagro de Santa Rosalía, patrona de Palermo. Se dice que, en 1624, los restos de Santa Rosalía fueron hallados en esos días y se hizo una procesión que terminó con la peste.

Hoy buscamos el milagro en la medicina, en los héroes y las heroínas que luchan en los hospitales. En varios países se aplaude al atardecer.

En China, donde hasta hace poco se declaraba que la religión era el opio de los pueblos, el hombre ante lo inexplicable continúa buscando refugio en la religión y el arte, como siempre, es un acto de reflexión y un espejo de la realidad.



La abundancia de la ausencia

Con el brote y la propagación del coronavirus en todo el mundo, el diseñador Duyi Han decidió rendir homenaje a los trabajadores médicos que arriesgan sus vidas para ayudar a los necesitados, con un gran mural que cubre paredes y techos de una iglesia histórica en la provincia china de Hubei, donde comenzó la epidemia, que representa figuras vestidas con trajes blancos de descontaminación.

Titulado Los santos visten de blanco, el proyecto de Han se inspira en el estilo realista de pinturas y frescos de la Iglesia. Sin embargo, en lugar de ilustrar escenas bíblicas de santos o deidades, el mural muestra a los trabajadores médicos de todos los días que se colocan desinteresadamente en la primera línea del virus. Cubiertos por máscaras, guantes y trajes de cuerpo completo, el mural rinde homenaje a los médicos y enfermeras anónimos que son cruciales para ayudar a las personas infectadas con el coronavirus.

¿Qué imagen va a hablar de los tiempos que corren? Un mosaico de representaciones digitales: el retrato del Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus con el fondo azul del logo de la Organización Mundial de la Salud. Un retrato de Angela Merkel durante su discurso a la nación (alemana) sobre el coronavirus. Imágenes de ciudades vacías. Estadios en silencio. Venecia con delfines. Fotos satelitales más verdes y otras de animales regresando a su hábitat. Imágenes de un mundo lleno de ausencias. La de millones de rostros sin rostro. La de una ciudad casi desconocida de Oriente con grandes edificios y rostros sin reflejo, cubiertos por un tapabocas. La de una figura blanca bajo la lluvia en un fondo azul frente a un crucifijo milagroso. Y la que todos estamos esperando:
la imagen de un médico, ya sin tapabocas, anunciando una vacuna contra esta plaga. Cada una va a cargar una leyenda. Una data histórica. Guardaremos en la memoria las expresiones.

Anitzel Díaz, publicado en La Jornada Semanal 


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