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Museo del Greco, cómo sobrevivir al confinamiento

 



En estos días de encierro distópico he viajado más que cuando salía. Llegando de Toledo, España, donde estuve visitando el Museo del Greco, asistí al Hay Festival en Querétaro. Hablé con Paul Auster y Salman Rushdie, escuché a Julieta Venegas. He visto desde lejos y más cerca que nunca cómo se va reinventando mi entorno, cómo esos espacios que mucho tiempo han sido mi casa: museos, salas de conciertos, parques y jardines, están cerrados. Dicen que el arte, sin destinatarios, no tiene sentido. Y ¿sin espacios?, me pregunto yo.

Cierto que para quienes nos dedicamos sobre todo a oficios en las letras estamos acostumbardos más al encierro en soledad; el encierro acompañado es lo que ha cambiado. Decía Paul Auster, en una entrevista durante el festival: “Yo no escribiré sobre lo que me pasó a mí durante la pandemia, sino lo que he visto afuera, lo que les ha pasado a todos los demás.”

En otra plática se habló sobre los libros como refugio del caos, el encuentro de sosiego y amparo en la lectura, y yo añadiría la pantalla: los encuentros digitales, también se volvieron el punto de coincidencia. Nos dimos cuenta de que desde países lejanos las reflexiones son las mismas. La pantalla se convirtió en la realidad.

Así conocí a Colombine –Carmen de Burgos–, periodista, escritora y activista que escribió el libro Los anticuarios entre 1925 y 1930. Conocí la obra y a la autora en el club de lectura que organiza el Museo del Greco en Toledo, España. El recinto cerró sus puertas el pasado 13 de marzo. A partir de entonces, todos los que trabajan ahí se han dedicado a dar a conocer no sólo la obra de Doménikos Theotokópoulos, sino las entrañas, que incluyen la ciudad de Toledo, la casa, el jardín, las salas y las cuevas donde se hospeda el Museo. Además de un atisbo a la vida del ii Marqués de la Vega-Inclán, fundador del lugar. Los recorridos han incluido hasta la vasta colección de azulejos que tienen.

De Los anticuarios me llamaron la atención los oscuros movimientos de compraventa de arte y anigüedades que se dieron, no sólo en Toledo (en específico obra de El Greco) sino en la España de principios del siglo XX. En algún momento la autora relata cómo los nuevos ricos estadunidenses compraban lo que fuera, con tal de parecer más europeos: “Nosotros nos llevamos a nuestra tierra todas las bellas cosas. Pronto vamos a tener toda la vieja Europa metida en la joven América.” Fue la época dorada del coleccionismo internacional donde, claro, se daba mucho la venta de falsificaciones. Carmen describe con bastante minuciosidad los trucos de comerciantes y anticuarios: “Tenía el don de la simpatía y de la persuasión y a cualquier Talavera moderno sabía hacerlo pasar por antiguo, con el procedimiento de enterrarlo en estiércol humano y regarlo con vinagre varios días”.


El 7 de abril de 2020, con motivo de los 406 años del natalicio de El Greco, el Museo celebró varias actividades entre conciertos, pláticas y lecturas; además participó en la iniciativa #Tussenkunstquarantine (Entre arte y cuarentena), auspiciada por el Kunsthistorisches Museum de Viena, donde se realizó una recreación fotográfica, a modo de tableaux vivants, del Caballero de la mano en el pecho, cuadro que, aunque se encuentra en el Museo del Prado, es una de las obras más representativas del pintor.

El arte es importante para la sociedad. Instituciones culturales y creadores de distintas disciplinas están generando contenidos que difunden en redes sociales. Están acompañando desde el más acá. Como dice Álvaro Restrepo, “se está creando a partir de la ausencia, la soledad y el presentimiento”. O como declaró Monika Grütters, ministra de cultura alemana, cuando anunció un importante subsidio a las artes en ese país: “La cultura no es un lujo y ahora estamos comprobando cuánto nos hace falta si tenemos que prescindir de ella por un tiempo determinado”.





Publicado en la Jornada Semanal

Por Anitzel Díaz.

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